Querida hermana, ¡qué preciosa es la Palabra de Dios! Y cuánto podemos aprender de ella. Hoy me doy cuenta de que nunca he sido realmente una mujer virtuosa. Al principio, esta verdad duele y confunde, pero también libera, porque pensaba que estaba construyendo mi hogar… y ahora veo que muchas veces fui insensata.
Solía ser contenciosa, siempre queriendo tomar el control. Por ejemplo, si veía algo que debía hacerse en casa y le pedía a mi esposo que lo hiciera y él no lo hacía… yo lo hacía yo misma. Pasaba frente a él y, muchas veces, devaluaba su autoridad y su masculinidad sin darme cuenta. Hoy entiendo que eso era rebeldía y orgullo. Pensaba: “Si él no lo arregla, yo lo haré.” Pero al actuar así, lo hacía sentir poco apreciado, y eso solo lo llevaba a no actuar.
Por eso, queridas, hoy les digo: sean sumisas incluso en los detalles pequeños, porque eso agrada a Dios. Si tu esposo no está liderando como debería o no actúa como protector, ora y entrégale la situación al Señor. Pide que Él toque tu corazón. Nuestra tarea no es tomar el control, sino ser amables y serviciales, irradiar paz y apoyo.
Hoy he practicado esto y he pedido la gracia de mi Amado Señor para ser una esposa que sea una verdadera corona para mi esposo. Eso es lo que debemos buscar ser.
Hoy el mundo nos muestra muchas mujeres “fuertes” y “empoderadas” tratando de definir nuestra identidad, pero eso no es lo que Dios quiere. Él nos creó para ser protegidas y amadas, como un vaso valioso y frágil. No se dejen engañar. Elijan la protección del Señor. Con Él en nuestra vida, ganamos cada batalla, sin importar lo difícil que sea.
Quiero agradecerle hoy por otro día de vida y por otra preciosa lección. Estoy conmovida por cuánto estoy aprendiendo, por cómo veo todo de manera nueva, cómo voy adquiriendo conocimiento y aprendiendo a ser una esposa sumisa.
Pido a mi Amado Señor sabiduría y discernimiento para cada situación, y un espíritu suave y apacible, sabio y fuerte en Él. Necesito Su protección cada día, y eso es lo que deseo con todo mi corazón.
